El lenguaje museográfico. Un breve manual de introducción al conocimiento y uso del fascinante lenguaje del siglo XXI. Printed in Great Britain by Amazon.

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Una reseña de Francisca Hernández Hernández, Profesora Titular jubilada de la Universidad Complutense de Madrid.


Escribir un libro sobre el lenguaje museográfico en nuestros días no deja de ser sorprendente y alentador para todas aquellas personas que nos dedicamos al campo de la comunicación y de los museos porque, entre otras cosas, nos permite descubrir su capacidad para transmitir una serie de mensajes a través de los cuales se nos ofrece una enriquecedora información y una variedad de opciones posibles que han de elegirse en los distintos campos de actuación profesional. No otro es el deseo de Guillermo Fernández al escribir este libro. En él se nos dice que el museo contemporáneo está llamado a colaborar “con otros medios y lenguajes en un contexto de límites difusos entre disciplinas”, pero sin tener que renunciar al propio lenguaje museográfico. No hemos de olvidar que éste está orientado fundamentalmente a la exposición, en un intento de comunicar un determinado mensaje que sirva como instrumento educativo y formativo para quienes visitan un museo o una bodega de vino musealizada.

El autor nos presenta su visión sobre cómo se debería afrontar el trabajo en los museos de manera que resulten útiles y sugestivos para la sociedad de nuestros días, y se pregunta cuál es el sistema que el lenguaje museográfico utiliza para comunicar su mensaje y que éste sea eficaz. Partiendo del hecho que la realidad está formada por el espacio, donde se sitúan los objetos, y por el tiempo, donde tienen lugar los fenómenos, hemos de aceptar que ambos son portadores de diferentes significados y constituyen los elementos propios y singulares del lenguaje museográfico. A éstos habrá que añadir el dato de que dicho lenguaje tiene lugar dentro del contexto de una experiencia socialmente compartida como consecuencia de su conexión con la realidad. Y es ahí donde entran en acción los visitantes, quienes, a través de la conversación mantenida entre los diferentes grupos, se convierten en elementos fundamentales para la construcción de un mensaje que sea capaz de transmitir su verdadera capacidad comunicativa.

Resalta la importancia de la ampliación del concepto de interactividad aplicado a los museos de ciencia por Jorge Wagensberg, que no se reduce al simple hecho de tocar o manipular, sino que se amplía a toda acción manual básica, a la mente y al corazón, aunándose los aspectos intelectuales y emocionales del visitante con los elementos museísticos. A los que se ha de sumar el valor que Pere Viladot otorga a la conversación entre los miembros del grupo visitante cuando se enfrentan a una experiencia museográfica. Se enfatiza, por tanto, que el lenguaje museográfico siempre cuenta con el receptor del mensaje considerándole como “co-constructor necesario del mismo”, al igual que sucede con otros tipos de lenguajes.

En toda exposición, la experiencia comunicacional del receptor o visitante tiene lugar en el mismo tiempo y espacio que los elementos de la exposición, siempre teniendo como fundamento la conversación entablada entre los miembros del grupo social visitante. Pero, dado que existen diferentes lenguajes, habrá que admitir también que se pueden utilizar distintas maneras de explicar una pieza dentro del museo. En todo caso, la utilización de los recursos tecnológicos y digitales ha de hacerse con cierta prudencia porque lo importante del lenguaje museográfico es que se fundamenta en el efecto que produce aquello que es real y tangible y que tiene lugar junto a los visitantes, dando la oportunidad a que tengan una experiencia comunicacional compartida in situ.

Al tratar sobre los museos y el lenguaje museográfico, el autor nos presenta un breve recorrido cronológico sobre cómo se entendían los museos a lo largo de la historia, que abarca desde los siglos XVI y XVII en los que los museos consideraban al objeto como el elemento clave por su singularidad y significado especial, sirviendo para sorprender y deleitar, pasando por los siglos XVIII y XIX en los que son considerados instituciones sistematizadas en las que se conservan, catalogan y protegen las colecciones que han de exponerse al público. Como fruto de los sistemas propios de la colonización se da gran importancia a las colecciones, que son consideradas un fin en sí mismas y no tanto un medio. Con la llegada del siglo XX, el museo centra todo su esfuerzo en llevar a cabo una función social educativa que sea capaz de comunicar un mensaje a través de los objetos y educar al visitante en el gusto por el arte y la cultura. El museo deja de ser considerado un lugar para convertirse en un ámbito en el que tiene lugar una función social, al tiempo que se amplía el concepto de patrimonio abarcando no solo los objetos del pasado, sino también los del presente que han de utilizarse como instrumentos al servicio de la educación. Recalca, además, que, mientras que el museo clásico, basado en las colecciones, creó un corpus de conocimiento relacionado con la conservación, catalogación y exposición, el museo contemporáneo todavía no ha desarrollado las bases para dicho corpus de conocimiento. Además, se incorpora el otro eje básico del lenguaje museográfico que completa al objeto tangible, que es el fenómeno tangible, que también posee una fuerza de comunicación muy importante como se demuestra en los museos de ciencia y técnica.

A partir de los 80 se va asumiendo que el objeto y el fenómeno no son realidades excluyentes, sino que son dos activos básicos del lenguaje museográfico basados en la tangibilidad y que se complementan en el museo y en la exposición. Por supuesto que el fenómeno ha de entrar en cualquier tipo de museo, ya sea de arte, pinacotecas, museos de historia y no solo de ciencia. El autor apuesta por esta línea de actuación para aplicarla en el futuro en todos los museos. El museo contemporáneo ha de apostar por la tangibilidad del objeto y del fenómeno, sirviéndose para ello del lenguaje museográfico. Y en ningún caso debe limitarse a crear exposiciones acogiendo en sus salas productos específicos de otros lenguajes, porque aquél cuenta con su propio lenguaje teniendo presente no solo lo que se quiere comunicar, sino también cómo se desea comunicar. En consecuencia, toda exposición ha de huir de cualquier clase de interiorismo y actuar con un criterio técnico, museístico y educativo.

Por otra parte, se nos recuerda que el lenguaje museográfico puede emplearse para infinidad de propósitos comunicativos y en diferentes ámbitos, no necesariamente museológicos. De hecho, se utiliza tanto en los establecimientos de restauración (pizzerías) como de ocio (pubs británicos, parques de atracciones) empleando el recurso de la escenografía propio del lenguaje museográfico, combinando diferentes modelos o piezas reales. En los procesos o tematizaciones, la reproducción de entornos reales es el espacio propio de la representación de servicio, convirtiéndose en un activo inmersivo que mejora la experiencia de los clientes. Es muy importante reconocer que el lenguaje museográfico está al servicio de cualquier propósito comunicativo o mensaje que se desee transmitir.

Al hablar de los recursos auxiliares del lenguaje museográfico, el autor nos explica que, como los demás lenguajes, éste es poco explícito, dato que nos hace ver que es necesaria la participación del receptor a la hora de construir un determinado mensaje. Y nos detalla que los recursos más utilizados son el lenguaje gráfico (cartela), el lenguaje audiovisual (vídeo o cine, infografía) y el lenguaje oral (visita comentada, guiada, dinamizada o teatralizada). Todos estos recursos auxiliares no son exclusivos de la experiencia museográfica, pero nos avisa de que hemos de tener cuidado con la sobreutilización de dichos recursos porque existe el peligro de que en el lenguaje gráfico la exposición reduzca al visitante a mero lector, en el audiovisual/infográfico lo limite a simple usuario y en el oral lo convierta en solo espectador.

En cuanto a los recursos propios del lenguaje museográfico, el autor se detiene en su análisis sobre los dos elementos más significativos del mismo, el objeto que ocupa el espacio y el fenómeno que ocupa el tiempo. Ambos constituyen los componentes básicos de la realidad tangible y poseen una función comunicativa en la exposición, dando lugar a cuatro recursos comunicacionales. Por una parte, el objeto cuenta con la pieza, que se representa o presenta a sí misma, y con el modelo, que representa a otro objeto de manera metafórica. Por otra, el fenómeno nos ofrece la demostración, que se presenta a sí misma de modo literal, y la analogía, que representa metafóricamente a otro concepto. Los tipos de objetos y fenómenos se pueden clasificar según su disponibilidad (únicos o múltiples), su complejidad estructural (unicapa y multicapa) y su situación física (contextualizados o exentos) y subraya que el objeto y el fenómeno pueden emplearse literalmente o metafóricamente. A lo largo del capítulo explica los diversos tipos de piezas y modelos, de demostraciones y analogías deteniéndose en cada uno de ellos y explicándolos con ejemplos muy didácticos y atractivos.

Muy sugerente es su exposición sobre el “museo corporativo” o “museo de empresa” que se fundamenta en la importancia que adquieren los objetos y fenómenos contextualizados, mediante los cuales algunas empresas pretenden dar a conocer una serie de productos y servicios o determinados valores, sirviéndose de unos canales de comunicación distintos a los tradicionales. En este caso, hemos de atenernos a un concepto de museo mucho más extenso, plural e innovador que el que utilizamos habitualmente. Ahí tenemos ejemplos muy concretos como el Museu Grifols Barcelona, la Showroom Johnson Controls Hitachi de Vacarisses, el Museo Agbar de Cornellá de Llobregat o el Museo del Cobre de Les Masies de Voltregà, todos ellos situados en la misma provincia de Barcelona, que se han convertido en espacios de referencia en la museología científica (Fernández 2014: 97-99).

Más adelante, se pregunta sobre cómo emplear el lenguaje museográfico para que sea realmente efectivo, ofreciéndonos una serie de ideas que orienten nuestra práctica cotidiana en el museo. Entre otros, opina que es muy importante definir bien los conceptos básicos, buscar la forma de evaluar adecuadamente los resultados de la comunicación, no olvidarse nunca de los destinatarios del mensaje, servirse de todos los recursos del lenguaje museográfico y tener en cuenta aquel recurso que se ha de utilizar para solucionar un determinado problema museográfico, así como buscar siempre la excelencia a la hora de usar los recursos del lenguaje museográfico, garantizando su singularidad y oportunidad.

Al referirse a los retos de futuro que se les plantean a los museos respecto al lenguaje museográfico, el autor nos advierte que estamos llamados a emplearlo de manera preferente porque los museos son un medio de comunicación destinado a la educación y formación no formal, y no un fin en sí mismos. Por ello, el lenguaje museográfico ha de entrar de forma explícita en todos los ámbitos y no solo en los museos porque la empresa privada también tiene en el lenguaje museográfico la oportunidad de recorrer un camino aún inexplorado, que se comienza a poner de manifiesto en la aparición del museo corporativo. Para que el lenguaje museográfico sea eficaz dentro de la exposición ha de procurar no utilizar demasiado los recursos de otros lenguajes, evitando toda redundancia. Además, ha de acercarse de manera crítica a las nuevas tecnologías digitales porque el lenguaje museográfico se basa en comunicar sirviéndose de lo real. Eso no significa que no se puedan utilizar, sino que, si se utilizan, han de centrar todos los recursos en el desarrollo del lenguaje museográfico que lo singulariza, que se mantengan en un plano subsidiario evitando todo protagonismo, y que sirvan para mejorar el contacto presencial de los visitantes con los objetos y fenómenos reales. Por otra parte, las exposiciones han de contar no solo con objetos, sino también con fenómenos, se ha de potenciar la investigación sobre le lenguaje museográfico, analizar y valorar la efectividad comunicativa de dicho lenguaje, compaginar la gestión ejecutiva y la estratégica y no olvidar nunca que hemos de poner el diseño de la exposición al servicio del lenguaje museográfico.

Es de agradecer el breve glosario del lenguaje museográfico que nos propone para que podamos comprender mejor cada uno de los términos que ha ido utilizando a lo largo del libro, así como el breve apartado sobre cómo proceder en el desarrollo y gestión de una exposición o la propuesta de un esquema para elaborar el rótulo de créditos de la misma.

Como conclusión, se ha resaltar que el autor hace una exposición sencilla y clarificadora de lo que significa e implica el lenguaje museográfico utilizado en los museos, rompe antiguos esquemas y nos impulsa a buscar nuevos métodos de afrontar nuestra actividad dentro de dichas instituciones. Su insistencia en hacernos ver la importancia que poseen los objetos y los fenómenos dentro de las exposiciones y su facilidad para comunicar un determinado mensaje es una invitación a descubrir los valores que encierra dicho lenguaje. Es evidente que el autor se ha tomado muy en serio su investigación sobre la capacidad transformadora que el museo posee (Fernández 2018) si se sabe utilizar adecuadamente el lenguaje museográfico como un medio de comunicación, de educación y formación al servicio de la sociedad y de los ciudadanos. Se ha de señalar que, pese a algunas repeticiones de conceptos, el libro logra presentar unas líneas generales que sirvan para abrir nuevos caminos que los profesionales de los museos y de otras instituciones privadas pueden poner en práctica, potenciando así su capacidad comunicativa.

BIBLIOGRAFÍA

FERNÁNDEZ, Guillermo (2014): Museos corporativos de Ciencia. Revista de Museología, 59: 97-104.

FERNÁNDEZ NAVARRO, Guillermo (2018): El museo de ciencia transformador: Un ensayo a favor de la relevancia social del museo de ciencia contemporánea. Tarragona.

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